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Descubriendo lo que te perdiste en tu último juego.

hace 4 días
3 min de lectura

¿Te acuerdas del partido del sábado pasado?

Lucas no paraba de fallar sus tiros desde el pivote. Kevin no estuvo a la altura. Y en defensa, concedisteis demasiados goles por la derecha en la segunda parte.

Estás seguro. Lo viste. ¿Verdad?


Lo que tardé demasiado en ver

Yo entrenaba a un equipo juvenil. Teníamos un goleador excelente, de esos jugadores en los que uno confía en los momentos clave. Cuando entraba al ataque, marcaba. Partido tras partido.

Lo que yo no había notado —y que un portero rival había identificado perfectamente— era que en esas situaciones, siempre disparaba al mismo sitio. Sin variación. Nunca.

En el partido de vuelta, el portero lo anticipó. Y otra vez. El rendimiento de nuestro jugador se desplomó. Bajo presión, forzaba cada vez más sus disparos. Su confianza se estaba erosionando. Y yo buscaba explicaciones en su condición física, en el contexto.

La realidad estaba en otra parte. Estaba en un número que jamás había visto.


Qué hace el cerebro durante un juego.

Un partido de balonmano dura 60 minutos. Dos equipos en la cancha. Las fases de juego se desarrollan a toda velocidad.

Nadie puede verlo todo. Ni siquiera el entrenador más experimentado.

Entonces el cerebro hace lo que sabe hacer: elige. Filtra. Retiene lo que confirma lo que ya creía.

¿Lucas lleva tres semanas fallando sus tiros de pivote? El cerebro lo notará. También, sin proponérselo conscientemente, pasará página más rápidamente tras los momentos en que Lucas acertó. ¿Kevin parecía desconectado? La mirada se posa en él en el momento inoportuno, perdiéndose las secuencias en las que defendió bien.

Esto no es falta de profesionalismo. Es biología. Los psicólogos lo llaman sesgo de confirmación : percibimos, sobre todo, aquello que valida nuestras creencias preexistentes.

Y en el entrenamiento deportivo, este sesgo está presente en todas partes.


El intocable titular

Todos los entrenadores han tenido un jugador así en algún momento.

El que ha sido titular toda la temporada porque "aporta algo". Porque se lo toma en serio en los entrenamientos. Porque el año pasado brilló en tres partidos importantes.

Este jugador se gana tu confianza. Y esa confianza influye en cómo lo ves jugar. Sus errores son más fáciles de pasar por alto. Su esfuerzo es más evidente. Su reemplazo, en cambio, tiene que esforzarse el doble para que lo noten.

Esto no es mala fe. Es humano.


Objetivar la intuición, no borrarla.

La intuición de un entrenador es valiosa. Se forja a lo largo de años de experiencia, partidos jugados y jugadores observados. Sería un error desecharla.

Pero la intuición por sí sola sigue siendo frágil. Puede ser acertada. También puede ser el reflejo de un prejuicio, fatiga o un contexto emocional particular.

Cognitivamente, al guiarte por tus intuiciones, no significa reemplazarlas. Significa fundamentarlas en hechos. Cuando percibes que un jugador no está en el juego, poder comprobarlo —y a veces descubrir que tenías razón, o que la realidad es más compleja de lo que pensabas— es lo que transforma una intuición en una decisión sólida.

Los mejores entrenadores no eligen entre el instinto y los hechos. Utilizan ambos.


La memoria de un juego siempre es una reconstrucción.

Tras el pitido final, crees recordar el partido. En realidad, recuerdas un puñado de momentos clave: los goles, los errores garrafales, los momentos emotivos, y tu cerebro rellena los huecos con lo que cree saber.

Dos entrenadores que vieron el mismo partido pueden llegar a conclusiones muy diferentes. Cada uno tiene razón, según su propio recuerdo. Sin embargo, ninguno tiene necesariamente razón sobre lo que realmente sucedió.

Por eso, los análisis posteriores a un partido pueden ser complicados. No porque te falte competencia, sino porque te basas en recuerdos, no en hechos.

Qué cambia, concretamente

Imagina un entrenamiento basado no en lo que crees haber visto, sino en lo que realmente sucedió.

Sabiendo, respaldado por las estadísticas, que tu equipo pierde sistemáticamente el balón en los últimos cinco minutos de cada tiempo. Que tu defensa por la derecha no es el problema, sino la recuperación defensiva tras las transiciones. Que Lucas, a pesar de sus dos tiros fallados, tiene la mejor relación entre decisiones y efectividad en tu equipo en los últimos seis partidos.

No se trata de cuestionar tu instinto como entrenador, sino de sentar bases sólidas para él.

Los mejores entrenadores no se basan únicamente en la intuición adquirida con la experiencia. Saben que la intuición respaldada por datos puede marcar la diferencia en un partido.


¿Y si, para el próximo partido, también te basaras en datos para aportar una perspectiva novedosa a tu labor como entrenador?



 
 
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